
Este obra de Pilar Hernández está bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Entre las jaulas se arrastra el polvo, los leones en sus jaulas dan vueltas sin rumbo ni sentido. Están famélicos. El domador se acerca con su sombrero ajado y su muñón en la mano. Un león escupe un par de huesos humanos.
Se oyen bocinas y el chirriar de unos zapatos. Payasos. Las sonrisas de sus rostros no son fingidas, son cicatrices cosidas, y la palidez de su rostro no necesita maquillaje. Sus juegos arrancan más llantos que risas, asustando a niños y mayores.
La trapecista mira hacia arriba. La cuerda suspendida sobre su cabeza, ansía volver a caminar sobre el alambre, volver a oír las ovaciones y enfrentarse al miedo. Imagina con los ojos cerrados, cuando los abre, recuerda que cayó y se partió las piernas. Condenada de por vida a la silla, atada al suelo.
El lanzador de cuchillos esconde la cabeza entre las manos manchadas de sangre. El cuerpo inerte y blanco de su compañera yace sobre sus rodillas manchado de rojo. En una función el puñal le atravesó el corazón. La imagen de su rostro y su grito de dolor atravesaron el de él. Otro tipo de puñal.
Bienvenido al circo de los horrores, donde se arrastran los seres más grotescos y tristes de la tierra. Vagan como almas en pena, arrastrando los pies, ocultándose entre sombras, respirando soledad.
De una bañera sucia y oxidada sobresale el torso bello y blanco de una dama, cabellos dorados desbordando por el borde de la bañera, rozando el suelo. Dejaos seducir por sus enormes ojos almendrados, acercaos hipnotizados por la dulzura de su voz... pero jamás mireis sus piernas, unidas en una cola, atrapadas en la piel. Siempre soñó con que la sacaran a bailar.
El hombre elefante mira desde su escondite a la sirena en la bañera. Siente pena, él la entiende. Engendro natural, cuerpo deforme, repudiado por todos y completamente solo consigo mismo, solo con aquello que más odia. Trofeo de espectáculo, monstruo al que nunca vio el mundo como humano.
Frente al espejo de un tocador, la mujer barbuda llora. Las lágrimas se pierden en el vello de su rostro, donde se ocultan también sus labios, tal vez los más dulces que pueda besar un hombre, pero ninguno estará dispuesto a probarlo.
La soledad siempre presente, habita en la sombra de cada uno de ellos. Carentes de cariño, buscan al caer la noche el consuelo en los brazos de los otros. Buscan de noche para que las sombras los tapen las carencias de sus cuerpos, para ocultar lo monstruoso de su aspecto. Un espectáculo grotesco, las horas de las bajas pasiones que se desvanecen con la llegada del alba. Los rayos del sol rompen el hechizo y los cuerpos se desenredan, se rompen los abrazos. Avergonzados y espantados, todos vuelven a sus refugios, todos solos.
El faquir observa el circo, sentado en su cama de clavos, sus ojos negros, impenetrables, su expresión carente de emoción. No habla, ya no puede, un accidente, el cuchillo que se tragó le cortó la lengua. Desde entonces actúa con cuchillos romos.
La vidente tiene por ojos dos bolas de cristal, transparentes casi siempre, otras veces enturbiados por el humo... Sobre su hombro, un enorme cuervo negro agita las alas y grazna. De su pico cuelgan los restos de la córnea.
El tragafuegos siempre mira a la derecha, actúa siempre de perfil y detesta los espejos. La mitad de su rostro es hueso calcinado, abrasado por un error de cálculo cuando trató de impresionar a la trapecista con sus artes.
Bienvenidos al circo de los horrores, donde la tragedia humana se arrastra por los rincones, donde se busca afecto y se cometen errores.
Bienvenidos al circo de los horrores

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Hacía meses que pasaba por delante de la juguetería.
Observaba desde el exterior del escaparate los maravillosos juguetes que había tras el cristal.
Trenes rojos, monos que saltaban desde la cajas, grandes osos de peluche... Pero sobre todo le llamaba la atención una muñeca, de porcelana, vestida de negro.
Era muy bonita, con los rasgos tan perfectamente definidos que parecía que iba a mirarte en cualquier momento.
Más de una vez intentó entrar en la tienda, pero el dueño, desconfiado de verlo parado en la calle durante horas, nunca le dejaba entrar.
Cuando volvió a su casa ese día, decidió que quería esa muñeca, debía tenerla.
-Papá, quiero la muñeca de la juguetería de la esquina.
-¿No prefieres un tren?
-Quiero la muñeca.
-¿Un oso de peluche?
-Quiero la muñeca.
-¿Una de esas pelotas de colores?
-Quiero la muñeca.
A la semana siguiente, su padre entró con la muñeca bajo el brazo.
-Toma, cuídala bien, ¿vale? Es muy delicada y puede romperse.
Sus ojos brillaron de felicidad al tenerla entre sus brazos. No había un solo día que se separase de ella.
"Hay juguetes que son mágicos, y esta muñeca es muy especial. Necesita mucho amor para estar así. Sino se acaba mustiando y la porcelana se quiebra."
Su padre le repitió las palabras del juguetero y durante días la muñeca resplandecía, con una belleza inhumana.
Pasaron los días, y la muñeca empezó a aparecer olvidada en los rincones de la casa que frecuentaba su joven dueño. Pero estaba sola.
La piel blanca se volvió gris y perdió brillo.
El padre del niño se percató de este cambio y recogió a la muñeca. La miró fijamente un largo rato, pensando en las palabras del anciano de la tienda. Cuando su hijo llegó a casa, le tendió el juguete.
-Ya no la quiero.
-¿Por qué?- su padre estaba sorprendido.
-Me aburrí.
-Pero se pondrá triste.
El niño cogió la muñeca y la miró. Ya no le gustaba, no era bonita. Salió corriendo, abandonándola al pie de la escalera. Su padre se acercó lentamente y la recogió del suelo. Con cuidado, la metió en una cajita y colocó esta en la estantería del salón. Cuando se dio la vuelta para irse, oyó tras él el sonido de un jarrón al romperse. Abrió la caja. El rostro de porcelana se había quebrado. Acercó una mano para tocar la fría piel inerte, y la muñeca se hizo añicos ante sus ojos.

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Vuelve a ser noche.
De nuevo esas horas tristes bajo un cielo negro, lleno de estrellas solitarias, tantas como horas de soledad sufrimos nosotros.
Las horas más solitarias del día caen sobre nosotros al caer la noche.
Lo sabemos, inconscientemente, sabemos que esto es así. Piensa en cuando eras pequeño. Cuando eres pequeño te acosa el miedo al verte en tu habitación, tu refugio. De pronto todo lo que conoces se queda negro y te aterra, te aterra porque estás solo. Entonces, para engañar un poco ese miedo, escoges un muñeco y te abrazas a él. Tu compañero más fiel en las noches de soledad y miedo infantil.
Pero creces, y conforme creces, por cuestiones sociales o quizás porque te sientes idiota, ese pequeño muñeco que te acompañaba desaparece de tu cama.
Crees que ya no necesitas ese muñeco, que las noches no te asustan, y te vuelves a equivocar. Ahora duermes abrazado a la almohada, y no sabes porqué, la aprietas fuertemente contra ti.
Empiezas a salir, te diviertes, te emborrachas, ligas, te pierdes y te duermes en el camino de vuelta. Pero aún así, a pesar de tus amigos , de esos amores de carretera, te has sentido inmensamente solo.
Te tumbas en la cama pero el exceso de alcohol y el cansancio hacen que caigas rendido.
De nuevo despiertas abrazado a la almohada.
Porque te sientes solo.
Y de repente, un día te acuestas junto a una persona a la que amas, y esa noche no hay miedo, no hay soledad. Te abrazas a ella y la noche parece tener un poco más de luz. Te acostumbras a esa presencia junto a tu cama, al calor de un cuerpo que rodea el tuyo y al resguardo de otros brazos.
Una mañana te despiertas y hay un vacío en la almohada.
De nuevo vuelves a atrás, a los tiempos en que te abrazabas a los cojines. Por tu rostro se escurren lágrimas que mojan la tela, porque sabes que por mucho que lo aprietes contra ti, está frío, inerte. Ya no es suficiente.
Las noches traen una soledad mayor ahora que sabes lo que te han quitado.
De nuevo un miedo infantil, y el viejo muñeco vuelve a dormir entre tus brazos.
Y cada noche lo abrazas con más fuerza.
Y cada noche la soledad se abraza más a ti.

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La alegría volvió a su rostro, iluminando sus ojos cuando le vio cruzar el umbral, de vuelta.
Esa noche durmió entre sus brazos, de nuevo a salvo, de nuevo sintiéndose amada. Sus brazos le rodeaban la cintura y ella se acurrucó contra su cuerpo.
De madrugada, despertó. Rozó su mano con la punta de sus dedos y el cuerpo de aquel que amaba se deshizo en cenizas. Solo huesos, un esqueleto que con sus manos abrazaba su cuerpo desnudo. Solo huesos cubiertos de ceniza.
Se giró con los ojos desorbitados hacia el lugar que debía ocupar su cuerpo. Allí, entre los huesos y las cenizas que lo formaban, un corazón marchito y negro, era el único órgano visible... con terror, vio aquella cosa que la tenía aferrada.
Frío, miedo, y silencio...

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El cielo estaba completamente blanco, iluminado por un sol invernal, carente de calor. Era un pueblo pequeño, sumido en un invierno eterno, de habitantes de piel grisácea y ojos de plata. Bajo la piel de todos ellos corría sangre caliente, de todos excepto de uno.
Poco se sabe de como o cuando apareció en el pueblo, pero desde que llegó se hizo conocida por su extraordinaria belleza, una belleza tan fría y extraña que nadie se atrevió nunca acercarse.
Estaba echa completamente de hielo. Su piel fría y pulida, semitransparente, dejaba adivinar sus huesos bajo la piel; el pelo blanco le caía delicado sobre los hombros, y sus ojos azules con pupilas blancas parecían poder ver a través de ti.
Vivía alejada del resto de personas, en una pequeña torre abandonada, rodeada de árboles de cristal y hojas de plata. Un lugar tan bello como siniestro, que hizo que la leyenda de la dama de hielo se extendiera hasta tierras más lejanas.
Un día, llegó al pueblo un extraño, procedente de una ciudad. Llevaba una chaqueta de piel sobre el pecho desnudo y de uno de sus hombros salía el cuerno de una guitarra. Pantalones de cuero y cadenas, botas camperas, la mano derecha con una uña tan afilada como un cuchillo, la izquierda era la cabeza de la guitarra. Su rostro estaba a medias cubierto por una extraña máscara blanca, sin rostro, dejando ver solo en el lado descubierto un extraño ojo de pupila en espiral, semioculto por los mechones de pelo castaño que caían ondulados sobre su frente.
Vago por el pueblo, preguntando en cada taberna y llamando a cada puerta, tratando de averiguar la forma de encontrar a la helada joven. Al principio la gente se negaba a hablar con él, lo echaba de los locales, tal vez incomodados por su extraño aspecto. Hasta que un día, cuando casi había dado por perdida su búsqueda, se encontró frente a un extraño bosquecillo. Los árboles brillaban, descomponiendo la lluz del sol, dando las únicas notas de color a ese mundo pintado de blanco.
Seducido por la belleza del bosque, el joven se internó entre los árboles.
Desde una ventana, la mujer de hielo le vio moverse entre las letales ramas. No era como los demás, era extraño, quizás tanto como ella, tal vez igual de solo. A sus fríos ojos asomó un destello de ternura.
Los árboles de cristal parecían moverse a medida que avanzaba, cerrando cualquier oportunidad de dar media vuelta. El sol que se filtraba a través de las ramas le quemaba la piel, que los propios árboles trataban de desgarrar, como si quisieran evitar que saliera de allí. Ya no había oportunidad para arrepentirse, solo podía seguir hacia delante. Casi había salido cuando una de las ramas se derrumbó tras él, atravesando la chaqueta de cuero y dejándole clavado al suelo. Trató de liberar la prenda, pero otro árbol cercano comenzó a tambalearse. Lo más rápido que pudo, sacó los brazos de la chaqueta y se apartó justo en el momento en que el árbol cayó en el lugar donde él había estado. Entre él y la salida, las ramas formaban una enrevesada telaraña de cristales, dispuestos a atravesar la piel desnuda de su pecho.
La joven desde la ventana seguía observando.
El chico hizo sonar las cuerdas de guitarra que recorrían su brazo, un desgarro agudo y punzante que hizo que la telaraña se hiciera añicos ante el. Sus botas pisaron los restos del suelo al salir lentamente del bosque.
Al verlo salir del bosque, la dama de hielo bajó las escaleras de su torre hasta llegar a la puerta principal. Posó su mano sobre el picaporte y se detuvo unos segundos antes de abrir. El corazón le latía inusualmente deprisa. Abrió la puerta.
Frente a frente, sus miradas se cruzaron.
El joven se quedó mirándola fijamente, hasta que finalmente se acercó a ella. La muchacha le miraba embelesada, incapaz de desviar la mirada de sus ojos. No se conocían, jamás se habían visto, pero entre ellos saltó una chispa nada más verse.
Varios días pasó el chico-guitarra en la torre de la dama de hielo.
Estaba completamente prendado de su gélido cuerpo, de su extraña hermosura, y de sus fascinantes ojos blanquecinos. Tan hechizado estaba por su encanto que se enamoró perdidamente.
Ella, sintió poco a poco hacia él una atracción cada vez mayor, deseaba derretirse entre sus brazos, descifrar el misterio que giraba en su mirada y ver la cara oculta del hombre que ahora estaba a su lado.
Fue demasiado. Demasiado para su corazón helado, demasiado amor.
Se despertó solo en la cama de la torre. La llamó sin obtener respuesta. Salió al jardín, desesperado y la vio allí, de espaldas a él, de pie ante el bosque de cristal. Con esa cristalina sonrisa tan bella que podía hacerte llorar de alegría. Por un momento él sonrió, pero cuando ella se volvió, su sonrisa se convirtió en una mueca de horror.
Su cuerpo perfecto goteaba, y de su pecho cristalino brotaba un vapor denso, hirviendo. Le quería, y ella no podía querer, su cuerpo no podía soportar el calor de un sentimiento como el amor, y su corazón, hirviendo de amor por el joven extranjero, estaba acabando con ella.
Corrió hacia ella y estrechó entre sus brazos el cuerpecillo de la dama. La vio derretirse ante sus ojos, vio como sus delicados brazos gotearon sobre la hierba, vio su rostro deshacerse en lágrimas blanquecinas, procedentes de sus ojos. Incluso sus labios azulados, que él ni siquiera llegó a besar, se deshacían en agua.
Cayó de rodillas, empapado en los restos líquidos de la dama que durante unos pocos días le había echo creer en el amor. Entre el líquido que ya empezaba a evaporarse todavía palpitaba el corazón de la chica. Loco de dolor, alargó la mano
hacia el agonizante órgano, cogiéndolo con el mismo cariño con el que acaricio su fría piel. Inconscientemente, acercó el corazón al suyo propio, y un grito desgarrador hizo temblar los árboles del bosque cuando el órgano toco su piel. Estaba tan frío que abrasaba, y le abrasó el corazón, dejando en su lugar un agujero de carne calcinada y cables rotos emergiendo de su pecho.
Febril, temblando de frío, de calor, de dolor, el joven se derrumbó junto al corazón, rodeado por una nube de vapor...

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Las luz entraba por la ventana, alumbrando todo el frío sol de invierno. El suelo cubierto de cosas, papeles, fotos, zapatos... La cama deshecha, las sábanas revueltas, encogida la figura encima del colchón, se abraza con desesperación a sí misma, con las manos cruzadas sobre el pecho, intentando que su pecho no parta.
Lágrimas que caen por sus mejillas, bajando suaves por su rostro, escapando del dolor que emana de su cuerpo consumido. Sin fuerzas va sintiendo que la vida se le escapa, cuando se cerró la puerta las paredes cayeron sobre ella. No se movió.
Entre escombros yace triste y se consume, incapaz de levantarse, todo en ella tiembla.

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